Editorial

Creemos que el oficio del politólogo se ubica en algún punto de la compleja trama de ideologías y poderes que conforma nuestra realidad. Esto significa que en la práctica profesional, científica y académica el politólogo no puede evitar favorecer a determinados poderes e ideologías. De ahí partimos para debatir en nuestra carrera remarcando la necesidad de asumir esta imposibilidad aséptica desde el nombre de esta publicación.

Ciertas modas intelectuales han logrado desdibujar el perfil de la carrera hacia una suerte de narrativa posmoderna que paradójicamente reniega de lo político. Este deslizamiento se alimenta de la crítica al malestar que genera el dogmatismo institucionalista en sus versiones más reduccionistas. La huida respecto del reduccionismo institucionalista (y de la epistemología que lo sustenta) amenaza llevarnos a una disolución filosófica del estudio científico de la política, acorde a la narrativa posmoderna. Las consecuencias políticas de esto son gravísimas. Corremos el peligro de que nuestra carrera pierda su vocación por entender y develar la realidad política, es decir, esa dosis de realismo político mínimo que convertía a nuestra disciplina en algo tan valioso para Gramsci. En efecto, cuando Gramsci reflexiona sobre los destinatarios reales de El Príncipe de Maquiavelo, entiende que son los que ignoran el realismo en política: “(…) ¿quién "no sabe"?. La clase revolucionaria de su tiempo, el "pueblo" y la "nación" italianas(…)” [1] . Despolitizar la ciencia política por exceso de formalismo institucionalista o disolverla por escapismo posmoderno implica ayudar a sostener el statu quo, implica un posicionamiento conservador, mas allá de la fraseología con la que se lo encubra.

El dogmatismo institucionalista, en su reduccionismo, se agota en planteos que privilegian los factores internos en el análisis de las crisis latinoamericanas sin dar cuenta de los condicionamientos implícitos a nuestra posición periférica en el sistema mundo capitalista. Se convierte así en un discurso justificatorio de la gobernabilidad neoliberal y de la aceptación del desarrollo dependiente asociado como determinismo impuestos por la globalización. La evaporación filosófico-posmoderna tampoco logra ir más allá y hoy se encuentra impotente para explicar procesos políticos como el boliviano, en los cuales los movimientos sociales de campesinos indígenas han tomado el Estado.

De hecho, tanto Bolivia como Venezuela, así como la ocupación norteamericana de Irak ponen en el centro de la actualidad política internacional situaciones que refutan ampliamente gran parte de los discursos sobre la globalización en su aspecto político. Vemos así como resucitan planteos estadocéntricos supuestamente caducos, márgenes impensables de soberanía política para estados débiles (como Bolivia), intervenciones imperialistas descaradas, etc. Todos estos fenómenos hacen evidentes los fallidos esfuerzos de la reflexión política de los noventa por evadir, encubrir o justificar los conflictos que generan las diversas formas políticas que intentan legitimar las asimetrías que caracterizan al capitalismo realmente existente.

[1] Antonio Gramsci, Notas sobre Maquiavelo, Juan Pablos Editor, México, 1986.

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