Editorial

Como estudiantes de sociología nos planteamos la necesidad de repensar nuestra carrera a la luz de su situación actual y del malestar que nos genera. Un malestar difuso que podemos sintetizarlo en una sensación de “desconexión” entre lo que estudiamos en las aulas y el resto de la realidad. Dicho malestar también se vincula con la situación de “consumidores- reproductores” de conocimiento sociológico en la cual nos ubica la institución. Una situación que nos resulta pasiva frente a la necesidad de poder constituirnos en productores de conocimiento desde nuestra situación de estudiantes.

Entendemos esa desconexión en el marco de una crisis más general, caracterizada en la ausencia de audacia intelectual, en el subproducto conservador de ciertas comodidades instaladas, en la atemporalidad de algunas ortodoxias, en el escepticismo, la resignación y el derrotismo destilados por el discurso y la estética posmoderna.

Frente a ello nos reclamamos una actitud fundante que sintetizamos en el Año Cero. No desconocemos todo lo anterior, ni lo desvalorizamos, creemos que hay que asumirlo críticamente, que ese pasado nos trajo a este presente. Y dentro de ese pasado encontramos algunos puntos de apoyo para pensar críticamente el presente. Sabemos que ni la historia ni la sociología empiezan con nosotros pero también sabemos que no podemos dejar que nos aplasten las herencias que desembocan en el malestar actual. Necesitamos pensar desde la metáfora de una nueva temporalidad para intentar pensar la realidad (y sus problemas) desde algo mas que la aplicación mecánica del dogma o el refrito monográfico.

Así, situados en ese imaginario Año Cero, livianos de herencias, nos planteamos comenzar los esbozos de una sociología de la dependencia como forma de intentar superar esa desconexión con la realidad. Para nosotros la sociología debe poder servirnos para conocer mejor la realidad que queremos transformar. Es desde ese conocimiento que podemos plantearnos correctamente nuestra opción política para intentar cambiar la realidad.

La reflexión sociológica tal cual surge de nuestras aulas solo nos permite pensar aquello que se corresponde al paisaje social de los países centrales, lo cual en América Latina implica una mirada sesgada hacia las “islas” de modernidad y posmodernidad. Tenemos herramientas conceptuales que nos permiten pensar y criticar al centro pero que ocultan la periferia. Es más, resulta muy difícil que podamos pensar al centro y la periferia como partes de un mismo sistema.

Nuestra “intuición sociológica” nos dice que el Che Guevara, Fanon, Gunder Frank y Carri estaban más cerca de pensar esa realidad que Gino Germani. Una realidad en la que las masas indígenas y campesinas de Bolivia (representadas en Evo Morales)  se esfuerzan por refutar bibliotecas enteras de teorías canonizadas o consagradas por la moda. Esa actividad creativa de las masas, empeñadas en hacer lo “ teóricamente imposible”, resultan pensables y son la preocupación central de obras como Los condenados de la tierra de Fanon o Isidro Velásquez de Carri que hoy son ignoradas, denostadas o marginadas como exotismos setentistas.

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